jueves, 20 de octubre de 2016

Nilton Santiago: "Las musas se han ido de copas".

Claudio Manuel Mena Morillo


Nilton es uno de esos poetas que te encuentras por error en algún estante y difícilmente te deje indiferente. Tiene esa frescura de transitar por la prosa poética de la misma forma en que transitamos de camino al trabajo, a la cena romántica o incluso, a la desoladora imagen del hogar vacío, de la estudiante que nos ligamos la otra noche y que por cierto es posible que el padre nos facilite el acceso a la cárcel más próxima. 


Nilton Santiago juega a ser poeta: no se toma tan en serio el oficio de escribir, e incluso me atrevería a decir que su poesía tiene el mismo fin terapéutico de un masaje chino (con acupuntura incluida). Sus poemas son como diarios de explorador: intentos de ahogar la abulia, exorcizarla, mandarla a volar cual pájaro histérico que olvidó tomar sus pastillas contra la depresión. Ese es Nilton, el poeta que convierte la poesía más personal en un diálogo de bitácora que se queda en el metro, que encuentras y que te obliga a volver a los vagones día a día, esperando encontrar al poeta amigo que en su discurso, nos retrata algo de nuestra propia realidad. Recomendado para quienes gozan de leer textos con alto contenido de humor y sin las estructuras formales del poema. 
-Claudio Troisemme.

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Aquí compartimos una selección de 6 poemas pertenecientes a su libro "Las musas se han ido de copas". 




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SOBRE EL FALSO ETIQUETADO DE MERLUZA PROCEDENTE DE ÁFRICA 
(QUE SE VENDE COMO EUROPEA O AMERICANA)

Ahora lo sabes,
también los peces tienen que pasar las fronteras,
llorar todas sus afonías,
pedirle impuestos a la luna llena que cada noche se disuelve
en sus lágrimas
cuando se ha roto «la cadena de frío» en sus maltrechos
    corazones marinos.
Pero así es la soledad en el agua cuando se sabe de antemano
que compartirás el envase (con otro solitario) en algún
    frigorífico,
así son los falsos pasaportes
para los que no saben llorar bajo el agua
y terminan en los supermercados con la carne limpia y sin
    escamas,

lista para meter al horno.

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ALGUNOS ASTRÓNOMOS DESAYUNAN COMIDA
PARA PECES MIENTRAS LEEN A APOLLINAIRE

No me gustan los poemas que empiezan hablando
de dos pájaros comiéndose unas sardinas en un bar de la
     Alfama, en Lisboa,
un poema que comienza así terminará, sin duda,
hablando de aquél hombre de Kütahya, Turquía,
que ha decidido llevar una jaula en la cabeza para dejar de
     fumar.
Así que volvamos al desayuno, igualmente
llueve tanto que afuera los peces caminan descalzos
por las librerías o descienden por la lluvia
como si fuera la gran escalera por la que Dios
baja de entre las nubes para tomarse un café
con un melancólico Álvaro de Campos. En Barrio Alto
ninguna nena ha leído El Libro del desasosiego
pero igualmente tienen el corazón tan grande
como una sandía, se enamoran cuando anochece
y caminan medio desnudas todo el invierno
hasta dañarse la sonrisa con el aliento de las primeras flores.

Dejemos este comienzo algo kitsch
y volvamos a nuestras largas conversaciones con la soledad,
¿Y qué nos dice esta pesada?
Pues que al fin de cuentas las ciudades
son en realidad el dinero que te gastas en aquellos besos
que el aire arrastra de boca en boca.
Para la cocinera del bar
(que acaba de salir para fumarse un piti a mi lado)
lo mejor para aliñar las ensaladas son las lágrimas
con las que los atunes rojos endulzan las redes de las almadrabas
y estoy de acuerdo, como estoy de acuerdo
con que el amor es ponerle leche de soja y edulcorante
a un café descafeinado, es decir, que es un timo.

En cualquier caso,
después de dos copas aquí, te das cuenta de que en esta ciudad
los tranvías están llenos de estrellas de mar
y que los astrónomos desayunan comida para peces
para poder hablar con ellas.

Llegados a este punto,
decir que las agujas de los relojes de los gatos del barrio de
     Chiado
son como los bigotes de Dalí,
equivale a decir que los corazones de todas las tortugas
de Galápagos llevan el marcapasos que se negó a llevar
el pirado de Darwin. Algún despistado dirá
que acaba de ver a Apollinaire tomándose una copa de albariño
yo, en cambio, me lo imagino llevando ese traje de pingüino
por la Rua Garrett, cargando una maleta repleta de pensamientos.
Por cierto,
¿no creéis que Apollinaire bien podría ser un héroe de cómic?
Creo que hoy por hoy ya habría publicado
un buen puñado de caligramas en Marvel
y sería amigo íntimo del cerrajero
que abre tu corazón con el reloj de todas mis ausencias.
Sé que flipo por un tubo pero es que nadie sabe
que también pueden construirse casas empezando por el tejado.
He aquí el secreto:
primero hay que llenar de lágrimas los ojos de los pájaros
con los recados del corazón.

Me parece que en este poema no hay espacio posible
para hablar de ti, mencionarte es igual de difícil
que escribir sobre los pobres chicos que cruzan las vallas de
Melilla,
dejándose el corazón como una moneda de chocolate.

Dejémonos de politiqueo barato,
dejémonos de enviar besos de alto voltaje por correspondencia,
este poema era para invitarte a mudarte a casa
pero veo que no hay manera posible de verte en el ascensor
con todo tu cargamento de maquillaje, zapatos
y «tés» adelgazantes.

Pero volvamos al tema de la casa
y de cómo hacer que una libélula viva más de 24 horas
o que una jirafa duerma más de 7 minutos al día,
volvamos al tema de la inmigración ilegal,
a los bombardeos de flores contra los establos de amores
     perdidos,
volvamos a que pasas de mí al igual que la felicidad
pasa olímpicamente de instalarse en el corazón de los perros
     abandonados.

La cena no te ha gustado nada, lo sé, igualmente
no pienso pedir aquella pizza de higos, miel y queso de cabra
que tanto te flipa,
además no me creo del todo que seas vegetariana
después de la forma con la que me has limpiado los restos de
     mostaza
y miel de la boca y de otras cosas
que ni siquiera había probado (pero que tú sí).

Construir una casa es un oficio para los pájaros,
«de acuerdo,
y el amor no se puede aprender de los erizos, así que ya te llamaré»,
me respondes cuando te marchas.


Ningún poema debería esperar sentado tanto tiempo.

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HEMOS IDO A CENAR CON AINHOA Y BRUNO
Y ME DICEN QUE PUEDE QUE NO NOS
ENTENDAMOS POR EL IDIOMA

Freud decía que existen dos maneras de ser feliz en esta vida:
una es hacerse el idiota y la otra es serlo. Yo, ciertamente,
he sido feliz de las dos maneras y también entre tus pecas
     revueltas.
Bruno llamaría a este comienzo de poema un patético
     discurso
del amor soluble, digno de publicarse en el catálogo de una
     peluquería
para puercoespines. Estoy de acuerdo con él, así que ahora os
     hablaré
de los niños que juegan al fútbol con los restos de las bombas
     no detonadas
caídas en la escuela Al Bahréin de Gaza o, mejor aún,
     hablemos
de esta camarera que tiene la sonrisa llena de mariposas
y a la que le acabo de susurrar al oído si sabía que si le quitas
los bigotes a un gato puede perder el equilibrio y caer al suelo.
Acaba de llegar el otoño huyendo de las noticias que llenan
     de sal
las lágrimas de los peces, Bruno no está de acuerdo
con que debamos hablar más de los peces, ni con las multas
que nos ponen las estrellas por aparcar en doble fila frente al
     corazón
de una chica como tú, pero da igual, si por alguna razón el sol
dejara de emitir luz, en la tierra tardaríamos 8 minutos en
     darnos cuenta,
así que aprovecho estos 7 minutos para decirte que golpearte
     la cabeza
contra la pared consume 150 calorías por hora, amigo mío,
     o para
contarte que Gina y yo hemos hablado nuevamente por
     teléfono para nada.
El idioma, el idioma, puede ser un problema dice Ainhoa,
pero si hasta los delfines y las ballenas se entienden cuando
rajan a tope de los buceadores, si hasta aquel pez que vive
en el fondo del mar y que tiene los dientes tan grandes
que no puede cerrar la boca, puede entender por qué suben
las mareas y las tasas universitarias cada nuevo curso cuando
lee el periódico. Pero entonces recuerdo aquella mañana
en la que te pregunté si ¿yo te gusto mucho? y tú sonriendo me
     preguntaste
si eso significaba «If I like you?» o «if you like me?» mientras
las auroras boreales se hacían un sitio entre tu mirada y el
     amanecer.
Bruno dice que un gramo de oro se puede expandir
hasta 20 km y que te deje bajo la puerta una moneda de curso
     legal
entre tu cama y mis sábanas, también dice que me deje de
     paridas
y que ponga toda la carne de este poema en el asador.
Entonces pido otro café porque ya no puedo más con la
     somnolencia
que me da mirar cara a cara a las estrellas en el fondo de esta
     copa
y de pronto dices que 100 tazas de café tomadas en un lapso
de cuatro horas técnicamente pueden causar la muerte,
y pienso que yo ya me he tomado 99 y que quedan 60
     segundos
para que empiece a decir algo en este poema, así que miro
por la ventana para ver a aquel hombre que vende mecheros
como si su corazón fuera una gran bombona de butano
y también tú lo miras fijamente hasta que te das cuenta de
     que ya sabes
hablar con los pájaros y de pronto eres tú el pájaro, Bruno,
y las plumas de miel que caen de otro pájaro es el único
     lenguaje
que entiendo cuando pienso en la innombrable de Gina.
Este poema es como el fondo del mar herido por el vientre de
     los peces
que acuden —solitarios— a morir en el fondo de tu corazón,
pero me equivoco, la vida es demasiado abstracta para hablar
     de ella
en un poema cuando no puedes dormir y de pronto te
     despiertas,
y apagas el despertador o lo arrojas por la ventana
y recoges los restos de lo que queda de ti para llegar a la cocina
y hacerte otro café
y de pronto te das cuenta de que el amor es otra mentira de
     las estrellas,
y también el café y el agua y la nevera llena de anotaciones
y errores y caricias descongeladas y plumas de todas las
     almohadas

donde has depositado tus sueños y también las tostadas con
     miel son mentira
y la naranja que sólo es una naranja
cuando la partes por la mitad, como tu corazón.
Desayunas de pie con el sonido del telediario de fondo:
bombardeos indiscriminados contra poblaciones enteras de
     osos hormigueros,
vacunas que no son desarrolladas por la presión de las
     farmacéuticas,
varias cuentas bancarias ocultas dentro de una caracola de
     mar,
por cierto ¿sabías que los ojos de un hámster pueden caerse
si lo cuelgan con la cabeza hacia abajo?
Y de pronto apagas el televisor y vas al metro y empiezas a
     leer
y te das cuenta de que hace años que lees el mismo poema
escrito por la lluvia y que también las lágrimas de los gatos
son materia poética, la soledad de la misma chica que ves cada
     mañana
con las costillas de cristal y los labios rojos, como las altas
     nubes
donde se hornean los sueños de Dios,
y de pronto llegas al trabajo, desorientado como el caballo en
     el ajedrez
y en un bostezo vuelves a casa con la mirada asustada
y te das cuenta de que has olvidado el lenguaje de los pájaros.
Entonces pienso que soy como aquellos peces que no se
     aburren en las peceras,
porque su memoria tan sólo dura dos minutos
y es como si volvieran a nacer una y otra vez,
una y otra vez hasta olvidar su corazón,
y es entonces cuando me muero de ganas
de tomarme la taza de café número 100 en cuatro horas.

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SOBRE CÓMO HACER QUE UN PÁJARO CON
MIEDO A VOLAR SUBA A UN AVIÓN

No le hables de Borges,
huye de Proust cuando te acerques a un bar
para nenas anarquistas y cristianas
sóplale al oído de un pájaro todas las promesas que le hizo
     Hölderlin
a un guardia urbano cuando lo pilló conduciendo con tres
copas de más.

No temas, el mañana es un signo de interrogación subiendo
     al metro.
Ya que hemos llegado hasta aquí
creo que deberías dejar las pastillas para que la luz entre en tu
     vientre
no hablo de hijos, sabes que los niños me dan sarpullido,
hablo de un pájaro que le teme a las alturas
hablo de mi sonrisa cuando te veo salir de la ducha,
tan leve como un caracol haciendo equilibro sobre una hoja
     de afeitar,
¡Bah! sabemos de sobra que las lágrimas son los puntos sobre
     las «ies»
cuando discutimos por tonterías, plan
tortilla de patata con cebolla o sin cebolla
o con espárragos y cebolla en lugar de pimientos verdes,
hasta que el lenguaje se convierte en un accidente celeste,
y no hay quién pueda enfriar la alta temperatura de las
     palabras
cuando dormimos juntos.

Hoy ha vuelto a suceder, una nena me ha ajustado los
     tornillos del corazón
y mira que no me merezco sino más metidas de pata,
pero aquí estoy, recogiendo los crisantemos
y magnolias sobre la cama revuelta
restos del amanecer infinito entre tus bragas.
Entonces me quedo a solas y es cuando el lenguaje sale de
     paseo,
olfatea la lluvia, siembra un buen número de lágrimas
para que los vagabundos encuentren la moneda
con la que los ángeles se juegan tu amistad al póker.

Proust estaría de acuerdo contigo, vaya tío con un par de
nubes en las gafas
tampoco es para tanto aunque su forma de amaestrar el otoño
invite a la soledad de dos buitres leonado a un banquete de
     bodas.
Ayer lo volví a leer, tengo miedo a volar cuando leo poesía
     aérea
tengo miedo a sentarme a cenar
cuando veo que has dejado tu puerta abierta,
deberías saber que en Palestina las cosas están muy feas
y el lenguaje no puede hacer nada más que nombrar la
     inexistencia,
no creo nada de lo que me dices, Marx y los comunistas,
Marx y el temor de los pájaros a subir a los aviones
son como peces filosóficos saltando de gota en gota de lluvia
para explicarnos la fragilidad del tiempo entre tus manos
o el por qué miramos el fondo de la taza de café
para buscar explicaciones del por qué pagamos tanto por la
     luz.
Ya sabes que todo lo que digo es el plagio de un latido
aunque no todo lo que escribo tiene que ver con pájaros
no todo lo que desayuno son estrellas,
hematomas en el corazón
Corn Flakes sobre la leche tibia de los errores,
el lenguaje es un presagio de que no volveríamos a hablarnos
porque tus párpados saben a luz,
me preguntas qué es la luz / te veo a los ojos / no te respondo /
Dios, no te hagas la tonta,
eres la oscuridad que todo lo ilumina
bajo las gasolineras de mi corazón,
eres el lenguaje que se acerca a mi oído
y me sopla una bocanada de flores para decirme
que el amor es la primavera en muletas cuando te
     desmaquillas.

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TE HE OFRECIDO LAS LLAVES DE CASA
Y HAS SALIDO CORRIENDO CON EL CUENTO
DE QUE TIENES QUE TERMINAR TU TESIS
UNIVERSITARIA

Aunque las camas están sobrevaloradas para el amor
la tuya guardaba cada una de las monedas
que los alquimistas habían acumulado entre tus pecas,
el salario mínimo vital del alba
entre el espejo del baño y la cama de hospital
donde abandonamos a las luciérnagas que antes fuimos.
Así llegaba la mañana
como un reloj de arena que le saca la lengua al tiempo
y también llegaba el tiempo, como un animal a punto de
     nacer,
como un trozo del infinito entre las gafas de las estrellas que
     se asomaban
una y otra vez
entre las lágrimas que las mariposas derramaban
cuando te arrojaba al suelo sin querer
(y yo detrás, como un paracaidista que se niega a abrir el
     paracaídas).

En ese trozo de cielo, o mejor dicho, entre tu almohada
y las sábanas de silicio,
el amanecer era una postal para los jóvenes oficinistas que
     corrían al trabajo
y te veían abrir la persiana,
la ropa sobre el suelo (como signos de interrogación)
al final se la llevaban las golondrinas,
cuando las golondrinas no sabían quiénes diablos eran al verte
     ir hacia la ducha
y descubrir que tenían poco talento para volar.
Este poema se está convirtiendo peligrosamente en un poema
     de amor
y no hay nada más absurdo para olvidarte
que recordar aquella vez que me pediste
que te devuelva todos los besos que me habías dado bajo tus
     sábanas estrelladas,
mientras veíamos a los vecinos desempacar la lluvia
y aquel caniche que odiábamos tanto
mear en el portal de la iglesia
donde ibas a hacer tu compra semanal de falsas promesas.

Aunque todos somos por definición, indefinibles,
los caniches cuando mean
el verde de las espinacas de esta sopa de falso hospital,
el zumo de naranja que Ainhoa y yo compartimos aquella
     tarde en la Plaza de Yamaa el Fna
como si fuésemos las postales de un país al que no iremos
     nunca,
porque no existe.

Te has largado cuando empezábamos a conocernos
y todo porque te ofrecí las llaves de casa,
Ainhoa dice que eres joven e ingenua como una ensalada con
     brotes de soja
y que no me haga el duro contigo,
que deje de portarme como una cebolla cuando la cortan
y pare de una vez de hacerme las tostadas con tus lágrimas de
     azúcar.

Ya no estoy yo para llevar tu equipaje de equinoccios,
o para que me eches la culpa
de todas las metidas de pata de los otros peces del establo,
así que mejor demos por terminadas las funciones del
     amanecer,
además mi décimo aniversario de bodas se aproxima con las
     primeras lluvias
y pronto llegará a casa,
como llega la primavera al corazón de las mariposas
cuando aún son crisálidas,
como llega la luz de la mirada de Ainhoa a los amaneceres
     más bellos
que has visto y que habrás de ver, pequeña jovenzuela.

Así es el amor entre los que no nos importa que nos den las
     llaves de casa.

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ESTE NO ES UN POEMA DE AMOR EN EL QUE
TRATO DE DECIR QUE ESTOY HECHO POLVO
SINO EL TESTAMENTO DE UN RUISEÑOR

Esto de no saber qué significa soñar que eres un pájaro
     jubilado,
esto de no saber para qué sirven las lágrimas
cuando tu corazón se rompe como una pompa de jabón
o como un jarrón chino arrojado desde una azotea.
Esto de leer un tratado de falsas esperanzas con el vientre
     repleto de ruiseñores.
Esto de no saber «qué demonios estoy haciendo»,
que debe de pensar el león en el circo después de darle una
     pata al domador
y escuchar que hasta las tristezas le aplauden.
Esto de reír lleno de lágrimas de azúcar
al enterarte de que en Novorossiysk, Rusia, un gato llamado
     Kuzya
acaba de conseguir el puesto de asistente de bibliotecario.
Esto de aspirar a ser ese gallo lira que ha decidido cerrar su
     paraguas
y abrir una cuenta bancaria para guardar todas las estrellas
que sueñas por las noches.
Esto de poetizar la cafetera o tu sujetador,
oler tu almohada como quinientas veces al día
para tratar de saber quién diablos soy cuando te veo.
Esto de hablar de la nevera como un cajón de sastre
donde se confeccionan las alas de todas aquellas mariposas
que se han olvidado de cómo volar
y lloran desconsoladamente durante todo el invierno
pompas de jabón.
Esto de parecerse tanto a Sharolyn Jackson, aquella mujer de
     Philadelphia
que ha aparecido 13 días después de su funeral
para recoger su certificado de defunción.
Esto de pensar que si no se tiene oficio para llorar,
lo mejor es decidirse por montar una funeraria para colibrís.
Esto de pensar que las iglesias son más bien
una sociedad secreta donde se puede ir a comprar abrazos por
     gramos,
sobres llenos de besos para dejarlos bajo aquel árbol
que se pone de rodillas durante la luna llena.
Esto de pensar, precisamente, en aquél árbol
que ha visto a miles de mariposas dejar su viejo traje de oruga
y entregarlo humildemente
en una fundación de ropa usada para mendigos.
Estos pasos que persigo, como si fuesen los últimos que daré
antes de meterme en la cama,
como se mete un cuchillo en el vientre de un pescado para
     limpiarlo
después de pesarlo.
Esto de pensar en que estoy más jodido que un político de
     carrera
frente a un detector de mentiras piadosas hecho para ranas,
esto de escribir algo que jamás vas a leer
y que precisamente le da (más que nunca) sentido a este
     poema,
esto de no saber vivir como un pájaro
al enterarme de que sales con otro pájaro en bancarrota
que también soy yo.

Acerca del editor

Claudio Troisemme / Creador & Editor

Moñohecho es un proyecto multidisciplinario alternativo de actividades culturales principlamente literarias que opta por la autopublicación como forma ideal de promoción de ideas. Es un esfuerzo concentrado en el fomento de la cultura, el pensamiento y la diversidad.

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